Querido M:
Llegué a casa sin aliento.
Las lágrimas pujaban por salir y me abrasaban los ojos.
Sólo sentía dolor...soledad...odio...¡Dios!...cuánto te odiaba...ni yo misma lo sabía en ese momento.
Te odiaba por mentiroso; pero más mentirosa era yo. Te odiaba por mezquino; pero yo había sido diez mil veces más cruel...te odiaba, y odiándote, me odiaba a mi misma.
¿Cómo habíamos llegado a ese punto?
Ni yo misma lo sabía.
¿Dónde nos habíamos perdido el uno al otro?
Ya no recordaba ni que palabra envenenada consiguió romper todas nuestras ilusiones.
Miré a mi alrededor, las fotos de nuestros buenos tiempos me sonreían desde la pared, desdeñosas, riéndose de mi dolor...del abismo que se abría en mi pecho.
Con furia ciega comencé a arrancarlas de las paredes y a estamparlas en el suelo...te odiaba...te odiaba como nunca había odiado a nadie, te odiaba porque te quería como nunca había querido a nadie antes y tú...tú me habías abandonado, me habías dejado a solas con mis demonios, te habías cansado de luchar conmigo.
Pisé los cristales rotos, los noté a través de la suela de mis botas...me deshacía a cada paso y entonces me descalcé y comencé a saltar sobre ellos.
El dolor me atravesó desde las plantas de los pies hasta la cabeza, y me alivió...alivió el dolor de mi corazón. Por un momento reaccioné, volví a ser yo y miré hacia el suelo...los cristales rotos se mezclaban con la sangre que manaba descontrolada de mis pies, me mareé y corrí hacia el baño.
Vomité todo, vomité el café, el donuts, el dolor, nuestras noches de susurros, las infinitas peleas por mi poco control con el alcohol, mis reproches por los celos que me provocaban tus amigas, tus insultos por mis deslices, vomité hasta que agotada caí a un lado del váter y por un momento perdí la consciencia.
Cuando desperté tenía frío, no notaba nada, estaba completamente vacía.
Me dolía los pies, seguía sangrando pero menos. De echo ni me importaba...me daba igual.Nada tenía transcendencia en ese momento.
De rodillas me dirigí a la cocina y me aferré a una botella de ginebra, no sé cuánto tiempo estuve así, las horas pasaban lentas, demasiado lentas y fue anocheciendo. El alcohol me calentaba.
Cuando levanté la vista allí estabas tú.
Mirándome desde el dintel de la puerta, con la cara totalmente desencajada por el espanto.
No te había oído entrar.
Un odio ciego me invadió.
Eras un traidor, un cobarde...¿Y tenías la desfachatez de entrar en nuestra casa?¿Pero quién coño te creías que eras?
Como pude me apoyé en el mueble de la cocina y me fui incorporando, los pies me latían de forma descontrolada, y el dolor era terrible, pero me dolía mas tenerte allí, no podía pensar. La cabeza me zumbaba y estaba bastante ebria, lo único que sentía era eso...dolor...dolor y odio...no quería verte, ni quería escucharte.
Cuando te acercaste a mi la bofetada resonó antes de que pudiese pensarlo, te la dí con todas mis fuerzas, pero tú, en vez de alejarte me agarraste con más fuerza.
Sí, me asusté, pero quién no lo haría, la situación se me escapaba totalmente de las manos, era algo superior a mí, era algo horrible, otra discusión más.
-Esta es la última-me dije- no tiene sentido continuar.
E intenté huir de ti, pero no podías dejarme ir, tú siempre querías tener la última puta palabra y por eso, al verte ignorado, al sentirte frustrado me empujaste.
Me golpeé en el abdomen contra la encimera del fregadero y el dolor acabó de cegarme.
No recuerdo el momento exacto, pero recuerdo que cuando volví en mí mis manos tapaban la herida de tu pecho, la sangre salía a borbotones, espesa y oscura, cubriéndolo todo. Empapándome los dedos, las palmas, la empuñadura del jersey, era una sensación muy desagradable...
Olía mal, como a hierro mezclado con almizcle, era un olor demasiado dulce y tus ojos me miraban pasmados.
Comencé a llorar, y mis lágrimas acompañaban a la luz que se iba apagando poco a poco de tus pupilas.
Me incliné sobre ti y te besé, justo a tiempo para recoger tu último aliento de vida.
Estabas muerto...pero aún caliente, así que me tumbé a tu lado y agarrándome a tu cuerpo lloré todo lo que podía llorar por ti, por mi y por nosotros.
Te había perdido por imbécil y por inmadura, pero no estaba dispuesta a dejarte ir tan fácilmente.
Haciendo un último esfuerzo me levanté del suelo y fui hasta el botiquín. allí estaban los ansiolíticos y los antidepresivos que me había recetado el médico la última vez que intenté dejar de beber para ceñirme a tu ultimatum, los cogí y volví a la cocina.
Al entrar me resbalé con tu sangre...seguías allí... mirando al infinito y con la boca abierta, eras tan guapo..M...M...¿qué te había hecho?
Sollocé y me senté a tu lado, cogí de nuevo la botella, aún estaba mediada, así que comencé a tomar un trago, una pastilla...un trago...una pastilla...un trago...
Perdí la cuenta de ellas, perdí la cuenta de los minutos, perdí la cuenta de la realidad y me recliné sobre tu pecho.
M...ya que en la vida no te había sabido querer te iba a querer en la muerte...
Cuándo me desperté estaba en este hospital, no sé como llegué aquí o quién me socorrió...sólo sé que no quiero vivir sin ti, pero un guardia está las 24 horas en mi puerta y las enfermeras pasan cada cierto tiempo en rondas para tenerme controlada. Esto es una mierda, nunca hago nada bien, tenías tú razón, soy un completo desastre...
Pero M, no te preocupes, buscaré la forma de estar contigo y tarde o temprano lo conseguiré, ya sabes que a cabezota no me gana nadie.
Hasta pronto mi amor.
Siempre tuya.
Ella
Ufff final dramático!! Pobre M....Espero poder leerte pronto!! Mi pequeña artista!!
ResponderEliminarSe que este era el mejor final, pero me da mucha pena
ResponderEliminarVoy a ver que se me ocurre ahora, sabéis que los finales dramáticos me encantan..pero más me gusta que me sigáis leyendo!!Muuuuackis
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