Me había costado muchísimo demostrar desdén, me había vestido de espaldas a ella simplemente para que no me viera deshacerme mientras reunía las fuerzas para dejarla.
La amaba más que a mi vida, pero no podía seguir presenciando lo de los últimos dos años, como se iba destruyendo poco a poco ante mis ojos, como dejaba de ser la mujer a la que conocí y de la que me enamoré...llamarla puta, destrozarle el corazón fue lo más duro que hice en mi vida, ver a través de sus ojos abiertos como balcones como su alma se rompía en cachitos me hizo temblar como un niño, pero era lo correcto, debía alejarme de ella.
Obviamente no tenía ni idea de lo que había hecho ayer, pero por su cara de estupeafacción no había sido nada bueno, la verdad prefería no saberlo.
La culpa era en parte mía, cuando fui al baño me encontré con Juliano y me enredé hablando con él, sobre la música, de cómo le había quedado el garito...me invitó a una copa y recordamos viejas andanzas, sólo cuando me preguntó por ella recordé que la había dejado sola y con una excusa rápida lo planté para buscarla.
Cuando vi que estaba con su amiga, totalmente borracha y coqueteando con aquellos dos niñatos me hirvió la sangre en las venas y no pude evitar comenzar a discutir con ella.
Lloró y se disculpó pero yo en ese momento no quería escucharla, planeaba una noche de reconciliación, que volviéramos a ser lo que eramos en principio, pero aún me dolía demasiado su ultima infidelidad, el problema es que ya no confiaba en su palabra y la mujer en la que se había convertido ya no era la mujer de la que me había vuelto completamente loco. Todo había cambiado por sus inseguridades y esa puta manía de escudarse en el alcohol para ser más dura...
En mitad de la discusión apareció la estúpida de su amiga, sabía que no le caía bien desde el principio y esa zorra siempre me lo había dejado claro, se metió entre los dos y se la llevó aparte, no se que farfulló sobre lo pringado que yo era y que conocía un sitio donde celebraban una fiesta privada. Para mi sorpresa mi chica asintió, y dándose la media vuelta me dejó con la palabra en la boca y se largó con la víbora aquella.
En ese momento no quise saber nada más, volví para el local y busqué a Juliano, me pasé el resto de la noche allí, bebiendo y ligando con otras chicas, al fin y al cabo a saber lo que estaba haciendo mi novia...pero al final me aburrí, ninguna me interesaba realmente, eran las típicas pavas que te puedes encontrar un sábado a la noche cualquiera, totalmente insulsas y con las tetas tan grandes que no dejan cabida a tener masa cerebral dentro de sus coquetas cabecitas. Así que medio borracho me despedí de mi amigo y de su corte de play-mates y me fui para casa dispuesto a dormir y que la almohada solucionara mis problemas.
A la mañana siguiente cuando me desperté tenía un mensaje de Ella...me pedía disculpas y decía lo mucho que me quería, que después de la discusión se había ido para casa y que no podía dejar de darle vueltas a la cabeza...El corazón me saltó en el pecho...me moría por llamarla, por abrazarla y decirle que todo iba a ir bien, que yo estaría para siempre ahí para cuidarla y protegerla, pero entonces decidí algo mejor, me duché y me vestí y salí todo lo rápido que pude hacia su casa.
Le daría una sorpresa, la llevaría a desayunar y pasearíamos por el parque aprovechando el sol del domingo, todo se solucionaría y todo estaría bien.
Los 15 minutos que nos separaban se hicieron eternos y por fin llegué a su portal, estaba nervioso, todo me temblaba por dentro, aproveché que un vecino abrió la puerta para colarme dentro del edificio.
Me imaginaba a mi niña aún envuelta en la toalla, con el pelo húmedo cayéndole en cascada por la espalda y sus enormes ojos mirándome con sorpresa...una erección se revolvió salvaje en mi pantalones.
Con el corazón en un puño timbre tímidamente...no se oía nada, volví a timbrar esta vez con más fuerza y escuché como se acercaba a la puerta y comenzaba a abrirla. Ensanché la sonrisa pero entonces apareció en el quicio de la entrada, mis ojos se abrieron como platos.
Ella estaba echa polvo, sus mejillas estaban irritadas, su camiseta sucia de vómito y su pelo sucio y enredado, desde la distancia podía percibir el hedor del alcohol y el tabaco reseso...me decepcionó de una manera descomunal, pero entonces recordé cuanto la quería y la atraje hacia mi rodeándola con los brazos y besándola.
Su lengua reseca e hinchada se sintió muy rara en mi boca, sabía realmente mal, a pesar de todo lo ignoré y cogiéndola en volandas la llevé hasta la habitación apresuradamente.
Con pasión me desnudé y le saqué la poca ropa sucia que llevaba encima, me enfadé al ver que sus bragas estaban manchadas de semen y que en sus muslos se podía apreciar marcas de mordiscos y rasguños.A pesar de todo en ese momento la pasión me envolvía,así que me lancé encima de Ella y la penetré salvajemente haciendo caso omiso de todas las cosas desagradables.
Pero en mitad del polvo todo se deshincho, no podía dejar de darle vueltas a la cabeza, Ella olía a otros tíos, en su cuello y en su pecho también había otras marcas y de la pasión pasé al más absoluto de los enfados. Me aparté y me senté en la cama, el aire no me llegaba a los pulmones y las lágrimas pugnaban pro salir, ¿Cómo podía ser tan imbécil?
-Se lo que hiciste anoche.- le espeté, Ella emitió un respingo de terror, se delataba con cada gesto, era una puta mentirosa.
Me maldije y tragándome mi orgullo me levanté y comencé a vestirme, la notaba detrás de mi, inquisidora, falsa, observando lo que hacía, en ese momento quise herirla, joderla como ella me jodía a mi y en un arrebato de crueldad busqué en mi bolsillo y encontré dos billetes doblados, los billetes con los que tenía pensado invitarla a desayunar y comprarle unas rosas rojas que tanto le gustaban para poner en el recibidor, me giré y desafiándola le dije:
-Era una prueba que no has superado, eres una puta, adiós.
Y le arrojé los dos billetes a la cara, me sentí un gusano, un cerdo sin corazón y Ella me miró como si hubiese atravesado el suyo con un cuchillo de matarife.
Las lágrimas seguían empujando así que sin dilación me dí la vuelta y salí de aquella casa, en el rellano rompí a llorar.
La había perdido, la había perdido para siempre y todo por no saber ayudarla cuando realmente tenía que haber sido su hombre.
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